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Miquel Bassols - A(u)teísmo y creencia (2012)

Se plantea que el fenómeno autista es el que hace la objeción más radical a la suposición de un sujeto del inconsciente y que, a su vez, toca también un hecho de civilización: hoy se presenta en un uso generalizado como una falta de lazo social con el otro, toca al estatuto mismo del sujeto de nuestra época, a quien vemos replegado sobre su goce que calificamos de autista.
Bassols destaca que el sujeto autista es quien no cree en el Otro concebido como un otro sujeto, y es por eso que es el ateo por excelencia, tal vez el único, en un mundo que a pesar de todo intenta hacer existir al Otro. Que el sujeto autista no crea en el Otro lo diferencia del sujeto psicótico, quien no solo cree en sus alucinaciones sino que les cree. El fundamento de la creencia es pues esta posibilidad de atribución de un ser al Otro en la medida en que puede decirnos algo y, por eso, en el caso del sujeto autista, es justamente por no poder creer en él que no puede tampoco poner en duda lo que escucha. En este sentido, es una especie de tortura lo que hacen las técnicas de adiestramiento: obligarlo a creerle al Otro sin creer en él. 
Ubica que la cuestión decisiva en el tratamiento del autismo es saber si suponemos o no un sujeto a los fenómenos clínicos recubiertos por este término y qué clase de sujeto podemos suponerle, cuestión tanto política como clínica, frente a la cual no se recurre sino a la creencia. Y a esto también apela la ciencia. Para el psicoanálisis, la cuestión es encontrar con el sujeto un sinthome que pueda funcionar para él como punto de apoyo en su vida, siempre como una suplencia de toda creencia posible.
 

Judith Miller, Jacques Aubert, François Regnault y otros - Conversación sobre Lacan y Joyce (2012)

En esta discusión que se desarrolla luego de la representación teatral del primer capítulo de Finnegans Wake, J. Miller recuerda que Joyce era un rompecabezas para Lacan, y sostiene que en esta obra estamos ante un texto ilegible, más no impronunciable; mientras que F. Regnault reflexiona sobre el ejercicio imposible de introducir a Joyce en el teatro.
J. Aubert destaca que pronunciar lo que era del orden de lo escrito es lo que hace de este texto literatura,  y subraya la insistencia de la cuestión de la voz, a la que le da aquí estatuto de voz áfona, en tanto está en relación con un real imposible. A su vez, describe a Joyce como un cantante fracasado: él utiliza todas las posibilidades del canto, lo cual constatamos en Finnegans Wake, donde hay algo de una relación entre la escritura y la voz. La presencia de lenguas extranjeras funciona mucho a nivel de la voz y de las entonaciones.  
J. Attié señala que lo que une a Joyce y a Lacan es la letra, y que Joyce utilizó esto al límite, manejando la letra fuera de los efectos de significado a los fines de un puro goce. Acentúa que en Joyce la cuestión del origen está puesta al comienzo de cada palabra; la letra viene del goce y se pierde en la palabra.
Finalmente, se trata de una «representación teatral que nos confronta al fuera de sentido, que no es sin embargo un fuera de goce.»

Y de yapa: el audio de Joyce leyendo un fragmento de Finnegans Wake, al que aluden en esta conversación (click aquí)

Esthela Solano-Suárez - Sueños, delirios y despertares (2010)

A partir de la primera enseñanza de Lacan, distinguirá sueño y delirio en función de la lectura estructural del inconsciente: «el sueño como articulación de saber que produce una significación contigua a algo del orden del deseo y el delirio como articulación de saber para producir una significación delirante que estabiliza la relación entre significante y significado.»
Luego avanzará hasta el Seminario 20 para situar la cuestión del goce y dirá: «Allí donde eso habla, eso goza, allí donde eso sueña también, y allí donde eso delira, eso goza tanto más.» Retomará entonces el soñar desde esta nueva perspectiva: «Si soñamos, si hablamos, si producimos síntomas, actos fallidos, la hipótesis de Lacan es que se trata de suplir, por goces desviados, por goces que no hacen falta, al goce que haría falta pero que no hay. […] Es porque pasamos nuestro tiempo soñando para llenar el lugar de la relación sexual que no hay, que nos despertamos para seguir soñando. […] no hay posibilidad alguna para el parlêtre de despertarse porque no podemos salir de los efectos de sentido con los cuales construimos nuestro pequeño mundo. […] el despertar total que consistiría en aprehender el sexo, lo que está excluido, […] puede tomar entre otras formas […] la de la muerte», a la cual Lacan también le dará el estatuto de un sueño: el de alcanzar un saber absoluto, el de la eternización, o bien el de un completo borramiento.
Hablará de la debilidad mental y el delirio generalizado como nombres que da Lacan a este imperio de sentidos sobre nuestros cuerpos y a nuestro modo de embrollarnos allí. El delirio común concierne «a una creencia que participa también del sueño y que consiste en creer en la armonía entre lo universal y lo particular.»
Se detendrá también en la cuestión del goce femenino, señalando que, para la mujer, «su goce que no es todo fálico, se remite más bien al significante de la falta en el Otro, que la vuelve sensible a algo del orden de un apetito de palabra y de texto.» Asimismo, hablará del inconsciente homosexual, que ignora «el principio del no-todo de la feminidad.» Y concluirá destacando que, en tanto procede por la vía del uno por uno, «el psicoanálisis, como la feminidad, atañe al no-todo.»

Marie-Hélène Brousse - Tras las pistas de la histérica moderna (2010)

Brousse plantea aquí que, a lo largo de toda la enseñanza de Lacan, «la histeria es la estructura que más responde al llamado del padre». Comienza por hacer un retrato de la histeria a la altura del Seminario 17, momento crucial de  «transformación de la histeria en tanto que síntoma [...] en la histeria en tanto que discurso», donde el discurso histérico «define el significante amo por el padre [...] como pura potencia simbólica
Si en el Seminario 17  Lacan somete los mitos freudianos a un análisis estructural y los reduce a una equivalencia (Muerte del Padre es igual a Goce de la madre), en el Seminario 18 va a salir de esto, oponiéndolos: «el mito de Edipo fue construido a partir de la palabra histérica, mientras que Tótem y Tabú fue construido [...] más bien en la vertiente de la neurosis obsesiva». Esta oposición le permite situar a la histeria y la neurosis obsesiva como «dos modalidades que se corresponden para [...] hacer existir la relación sexual vía el lazo, [...] habrá lazo fabricado por la ley o por el comunitarismo
Bajo esta observación, Brousse caracterizará a la época actual a partir del «ascenso del comunitarismo con Tótem y Tabú, por oposición a la declinación del Edipo» y situando que «la cuestión de la satisfacción está saturada por el ascenso del objeto a». Hoy «es admitido por todo el mundo que la relación sexual no existe», planteándose que «entre dos adultos que consienten, todo es posible», lo cual lleva a una redefinición radical de la perversión. Al mismo tiempo, las comunidades o asociaciones «reivindican una solución alternativa a la relación» donde «lo que viene al lugar del lazo social [...] es la relación con el objeto
Asimismo, opondrá la perspectiva del superyó como un llamado al goce, a la perspectiva de la histérica como un llamado a la verdad. Y en este sentido planteará que «es sumamente deseable que las histéricas hoy hablen para eventualmente hacer contra empleo al comunitarismo del superyó». Es que, a pesar de todo,  «la solución histérica continúa perturbando» bajo la forma de un  «no para mí»
La histérica moderna es entonces la que «sabe que el falo es un semblante, [...] y se pone en posición de estar causada, animada, por ese semblante y de tener que sostenerlo buscando un hombre que se lo permita», lo cual «coloca a la histérica del lado hombre.»
Finalmente, con en el Seminario 24, Brousse ubica que «la definición de la histérica es el inconsciente como Otro» y que «el amor al padre es lo que da un cimiento a la histérica, pero también lo que impide el trabajo analítico del lado de» una «neutralización de la diferencia entre conciencia e inconsciente», que piensa a partir de la banda de Moebius. Destacará que «cuando no hay límite entre la conciencia y el inconsciente, estamos del lado del inconsciente real.»

Jacques Lacan - Intervención sobre el informe de R. Loewenstein «El origen del masoquismo y la teoría de las pulsiones» (21/02/1938)

En esta oportunidad, Lacan discute una presentación de su analista, R. Loewenstein, comentando algunos puntos y discrepando en otros.
Destacará la importancia de retomar la cuestión de la intuición freudiana de la pulsión de muerte, señalando que hay mucho por hacer sobre este punto, y que ya Freud lo pensaba como algo que irrumpe en un «biologismo que obstruye demasiado». 
Así, subrayará la relación entre el hombre y la muerte, enunciando que «en el campo biológico  el hombre se distingue en que es un ser que se suicida, que tiene un superyó» y que, a la vez, se especifica por el hecho de que « es el animal que sabe que morirá, que es un animal mortal».
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